En artículos anteriores analizábamos las leyes fundamentales (enlazar a la publicación del artículo 25) sobre las que se aposenta de forma indiscutible el estudio de la escritura manuscrita. Todas ellas se complementan con otros elementos, con carácter de principios, que se comprenden en el campo práctico del estudio pericial.

Para Félix del Val Latierro, los elementos estructurales son la gran labor de arquitectura del edificio gráfico. Mientras los elementos constitutivos son los materiales para construir un edificio, los elementos estructurales nos permiten construir las diferentes formas y clases de edificios que se puedan dar. En resumen, con los mismos materiales podríamos construir edificios completamente diferentes.

Pero los elementos estructurales del grafismo, para Val Latierro, son los referidos a los ocho géneros escriturales:

Tamaño/Dimensión.

Orden.

Forma.

Cohesión.

Dirección de las líneas.

Inclinación de los trazos.

Velocidad y agilidad en la escritura.

Presión.

Hoy en día, cada elemento estructural se compone de subelementos de detalle que los inicialmente previstos por él, como puede ser la tensión y calibre del trazo, la proporcionalidad, la legibilidad, el coligamiento,…

Nos referimos, por tanto, a algo más profundo al hablar de elementos estructurales. Dentro de la estructura de un grafismo, compuesta en esencia por los ocho elementos indicados, se han de dar otros condicionantes relacionados con su capacidad de ser autógrafa o falsificada así como con su viabilidad para ser cotejada con otros grafismos.

Desde el primer momento en que el perito visiona un grafismo, aprecia detalles que le hacen encauzar sus estudios hacia una conclusión u otra, más allá de los géneros escriturales y de los gestos tipo, habitualismos gráficos y/o elementos idiosincráticos que posea.

Decir lo contrario sería ocultar la realidad pero eso no significa alterar o quebrar nuestra objetividad en el estudio a realizar sino poner en práctica conocimientos aprendidos en base a la experiencia que reproducimos de forma automatizada, tal y como ocurre con la escritura.

Más allá de los elementos estructurales hablamos de la evolución gráfica de un grafismo, de su espontaneidad, su coetaneidad,… elementos o características que definen una escritura y, especialmente, nos permiten evaluar el cotejo pericial en un sentido u otro, complementándolo con el resto de elementos observados.

La evolución escritural

Uno de estas características viene a ser la evolución escritural que, por regla general y con excepciones, se produce en la escritura con el paso de los años.

Como decimos, se dan excepciones. Este es el caso de personas con escaso bagaje cultural y educativo que no han evolucionado escrituralmente. El escaso nivel educativo unido a situaciones personales o profesionales en las que no han necesitado emplear la escritura de forma habitual, incluso solo han tenido que hacer su firma en escasas situaciones en toda su vida, ha ocasionado en ellos no poder practicarla, no llegando incluso a automatizarla, con lo que ello conlleva para el individuo y su cerebro.

La evolución escritural

La evolución escritural se observa en cualquier sistema escritural, zona geográfica,… incluso se observa en diferentes épocas educativas, a pesar de la rigidez escritural enseñada en determinados periodos.

Es lógico pensar que este elemento estructural dependa única y exclusivamente del escribiente. Si partimos del hecho conocido de que el ser humano evoluciona como individuo (variando su carácter, su forma de ser y actuar,… en definitiva, su personalidad), conociendo igualmente la vinculación de la escritura con nuestros rasgos caracteriales, nuestra escritura también evolucionará.

En resumen, la escritura es una característica peculiar de cada persona, que se va forjando progresivamente desde las primeras muestras de caligrafía hechas en la escuela. Después la letra irá cambiando en función de nuestros gustos, eligiéndose algunos rasgos de otras escrituras, generalmente de personas queridas o admiradas. Otros surgirán espontáneamente en diferentes etapas de la vida, pero siempre los rasgos que se irán incorporando a la escritura serán acordes con la personalidad del autor.

La firma también va cambiando a lo largo del tiempo, transformándose aquella primera firma infantil de letras lentas y hechas con esfuerzo en otra de rasgos mucho más sueltos y ágiles. En esta firma suelen existir complicaciones, sobre todo en la rúbrica, por el deseo inconsciente de tener una firma única y difícil de ser imitada, respondiendo a la necesidad de los adolescentes de afianzar su personalidad. Luego, con el transcurrir de los años, la firma y la rúbrica se suelen simplificar, dando así paso a la que podíamos llamar «firma adulta», expresión de la personalidad madura. En las últimas etapas de la vida, la firma, al igual que la letra, también se suele modificar, existiendo un deterioro de los rasgos, que tienden, lógicamente, a debilitarse.

CARACTERÍSTICAS DE LOS GRAFISMOS EN CADA GRAN PERIODO ESCRITURAL.

FASE INFANTIL. EVOLUCIÓN.

Hablamos desde que se comienza el primer contacto con el útil hasta la adolescencia. Se dan tres tipos de escritura:

– ESCRITURA ESCOLAR. Escritura lenta; las formas siguen el modelo caligráfico aprendido.

– ESCRITURA RUDIMENTARIA. Además de lo anterior, la dirección puede presentar quiebros especialmente a la hora de realizar movimientos curvos.

– ESCRITURA TRANSITORIA. Aumenta la velocidad pudiendo, a menudo, simplificarse gestos del modelo caligráfico, apareciendo formas mixtas, es decir, algunas del modelo caligráfico y otras que se alejan de él.

FASE ADULTA-MADURA. ESTABILIDAD.

Es la época del individuo con mayor plenitud de facultades. Se alcanza con el automatismo de la escritura. Los gestos se producen con naturalidad y, por norma general, con agilidad. Sin causas que lo alteren, el trazado no presentará indecisiones ni temblores.

FASE SENIL. INVOLUCIÓN.

Se caracteriza por la presencia de temblores seniles, los cuales se pueden observar en cualquier dirección del trazado. Suele disminuir el calibre de los trazos, en especial cuando intenta evitar movimientos de gran extensión o difícil ejecución así como intentar disfrazar los temblores de la mano.

Por la presencia de defectos visuales, se puede dar el caso contrario, con la intención de compensarlos, generando mayor dimensión en la escritura.

De forma habitual, se simplifican las formas incluso se suprimen enlaces y trazos, generando escritura yuxtapuesta. Trazos hilados o acerados tanto en puntos de ataque como finales.

Por regla general, la escritura senil va acompañada por disturbios patológicos propios de edades avanzadas.

En muchos casos, el periodo de madurez no es un periodo de estabilidad sino todo lo contrario: la continua búsqueda de un grafismo definitivo, evolucionando y mutando de forma permanente. Se dan casos de escrituras fijadas tras el periodo de aprendizaje que ni siquiera llegan a involucionar.

Por todas estas razones y por algunas más que seguramente se nos escapan, la evolución escritural no es igual, constante y prefijada en todas las personas, ejecutándose únicamente de forma individual en cada escribiente. Por las mismas razones es imposible identificar la edad de un individuo a través de su escritura.

Todo este proceso gráfico de lenta transformación de la escritura se corresponde con la paulatina evolución de nuestra personalidad, la cual se va plasmando en el papel desde el momento en que comenzamos a escribir hasta que, desgraciadamente, dejamos de hacerlo.

Es evidente que la firma evoluciona con el individuo por cuanto, si no fuese así, es un hecho que seguiríamos escribiendo y firmando tal cual aprendimos la primera vez, quedándonos en su estado primitivo. Igual que el ser humano evoluciona, la firma y, en consecuencia la escritura, evoluciona con él.

Dentro de la misma persona se pueden dar algunas variantes, por el hecho de escribir sentado, de pie, en momentos de tensión, nerviosismo,… pero cada uno actuará dentro de unos parámetros personalísimos que se reflejan por igual en el escrito vertical de un mural o en el plano gráfico horizontal.

Evolución escritura

Dentro de los cambios que sufre nuestra escritura a lo largo de los años, hay también que tener en cuenta las transformaciones, bien normales, bien ocasionales, por las que puede verse afectada, aun cuando siempre presentará un vestigio constante. En base a ello, siempre se podrá reconocer el grafismo de un autor, sea cual fuese la época en que se haya escrito, siempre y cuando se cotejen grafismos de semejante composición gráfica.

Pero, por desgracia, la realidad es muy diferente. Para poder realizar un cotejo en este sentido, tendríamos que conocer las causas por las que ha podido varias dicha escritura, y no hablamos únicamente de causas patológicas, cambios posturales,… sino todo tipo de causas que han hecho a su autor modificar de forma permanente su escritura en diferentes momentos de su vida, todo lo cual es completamente imposible de conocer pues, incluso, su titular puede hasta desconocer.

Por ello, en la práctica este tipo de cotejos no se deben llevar a cabo, aun cuando en algunas ocasiones no quede otra opción. Los márgenes de error, en este tipo de cotejos, son demasiado elevados como para llegar a poder concluir fielmente, en especial por desconocer dichas causas modificativas pero también la situación personal, la postura o las condiciones climáticas, entre otras causas, a la hora de realizar cada uno de los grafismos que tuviésemos que estudiar.

Otra cuestión diferente está en el cotejar una firma reconocida por su autor, para determinar en qué fecha pudo ser realizada. Este es el caso de lo que se viene en llamar estudio cronológico de firmas.

En la práctica pericial, nos encontramos casos en este sentido cuando el autor de una firma en un documento no niega su autoría pero no reconoce la fecha que marca el documento como la fecha en que se realizó la firma, argumentando que fue realizada meses o años antes o después de la fecha indicada.

La ciencia química, en el campo pericial grafotécnico, nos permite, dentro de ciertas situaciones y condiciones, determinar la fecha o antigüedad de un documento. El problema estriba en su elevado coste, por un lado y, por otro, que no siempre es concluyente, debido a los márgenes de error de la propia ciencia química y los pocos estudios e investigaciones al respecto.

En casos como el que nos ocupa, se puede hacer un estudio cronológico de una firma, siempre y cuando dispongamos de suficientes firmas del autor realizadas en diferentes épocas de su vida, tanto antes como después de la firma en cuestión. Comentamos a continuación un caso real a este respecto:

«Un trabajador (peón de albañil) es contratado por una constructora en abril de 2010. En aquel momento, la empresa no le hace firmar el acuerdo normativo por el que se le comunican todas las medidas de seguridad laboral que ha de cumplir. En el mes de octubre de 2014, el trabajador sufre un accidente laboral por no disponer de arnés de sujeción en un tejado, cayéndose al vacío desde 8 metros de altura. Aunque el accidente no fue mortal, el trabajador, ingresado en el hospital, herido aunque consciente, firma ciertos documentos de la empresa que, quizás por dejadez, quizás por confianza, no lee.

Días después, el trabajador reclama a la empresa indemnización por no cumplir con las medidas laborales de seguridad. En su defensa, la empresa saca a la luz el acuerdo de conocimiento y obligado cumplimiento de medidas de seguridad laborales, fechado y firmado por el trabajador en abril de 2010.

Dada la falta de medios para hacer un estudio químico al documento, se ofrece la posibilidad de realizar un estudio cronológico sobre las firmas de diferentes años del trabajador, incluidas las actuales, todo ello teniendo en cuenta los 32 años de dicho trabajador.

El problema que aquí se planteó fue la imposibilidad de encontrar suficientes firmas para emitir el estudio. De haberse podido llevar a cabo, un estudio cronológico habría demostrado -de ser cierta la versión del cliente, con firmas indubitadas realizadas desde su adolescencia hasta la actualidad-, la situación de evolución escritural de dicha firma respecto a las firmas aportadas, pudiéndola acotar en un espacio-tiempo aproximado, incluso concreto, mostrándose sus variaciones y transformaciones comunes que tuviesen.»

Aunque siempre se podrán reconocer en la escritura las características esenciales que definen la personalidad gráfica de un autor, también se podrán observar características accidentales que pueden responder a distintas circunstancias.

El hombre no posee la perfección de una máquina como para repetir siempre movimientos iguales. La escritura espontánea de un mismo autor evidenciará una lógica variación en sus características morfocinéticas, dentro de un cierto rango, mayor o menor según los individuos.

El perito ha de establecer fehacientemente este rango para poder determinar si la falta de coincidencias observada se debe a las anormales variaciones de un mismo escribiente, o bien se trata de diferencias atribuibles a otra mano escritora, sin extrapolar detalles para llegar a un resultado u otro pues se debe a la objetividad, tomando en consideración lo que pudiera favorecer como lo que sea susceptible de causar perjuicio a cualquiera de las partes.