«Cada individuo posee una escritura que le es propia y que se diferencia de las demás.»

«Esta individualización es muy precoz y se manifiesta desde la iniciación en la escritura; el maestro que corrige los primeros trabajos de sus alumnos no tiene necesidad de leer el nombre estampado en la hoja o en el cuaderno de caligrafía para conocer el autor del texto que tiene ante los ojos.

Todos sus alumnos se inician según el mismo método y aprenden la misma caligrafía a una edad en que el intelecto es particularmente maleable, y, sin embargo, ninguno de ellos presenta el mismo grafismo. Las diferencias con la escritura teórica se explican ante todo por la destreza manual del alumno en imitar más o menos bien el modelo a copiar, y, seguidamente, por el abandono progresivo de las trabas iniciales y, con él, la aparición de una personalidad, cada vez más marcada, del gesto gráfico.

Con el tiempo y la experiencia, se multiplican las desviaciones de las reglas de caligrafía, y la escritura se individualiza fuertemente, cosa que todos podemos comprobar diariamente al recibir nuestra correspondencia: un simple vistazo a uno de los sobres permite reconocer la escritura de un amigo.

Y bien, ¿no se trata aquí de una peritación realizada en circunstancias particularmente delicadas? El examinador ignora las reglas de la operación, no ha tenido tiempo material de estudiar el grafismo ni de observar sus particularidades, ni siquiera tiene a su disposición escritos de referencia, y tiene que fiarse únicamente de sus recuerdos. Si añadimos a esto que la redacción del sobre es forzosamente breve, comprendemos que las condiciones del examen están muy lejos de ser favorables.

Pero, a pesar de todas estas dificultades, la identificación se ha realizado con éxito y en tiempo record. He aquí algo que justifica plenamente el peritaje caligráfico. El profano ha reconocido la escritura de su amigo en circunstancias especialmente difíciles; ¿por qué el perito, habituado a las técnicas del examen, no ha de lograr el mismo resultado poniendo a contribución todos los recursos de su arte?

Posee numerosos textos de comparación y dispone de todo el tiempo que quiera para el estudio y la reflexión. Las condiciones no pueden ser más favorables para el triunfo.»

Por todo lo expuesto hasta ahora, esta ley se compone a modo de resumen por todo lo establecido por las Leyes de la escritura de Solange Pellat.

El proceso de individuación de la escritura ocurre muy pronto en la historia vital del individuo y se manifiesta en los primeros años de vida con el comienzo de la habilidad de escribir.

En palabras del perito calígrafo peruano José Luis Balbuena Balmaceda:

«…el niño, desde que nace, oye hablar a las personas que le rodean y termina hablando a su vez, porque nacemos predispuestos para hablar; no así para escribir, ya que la escritura no es un fenómeno innato sino un conocimiento adquirido que impone la sociedad en función de sus necesidades: el saber leer, escribir y los cálculos matemáticos elementales (lo que llamamos «las cuatro reglas») es imprescindible para el desarrollo de la vida en sociedad, y en muchos países es obligatorio.

Antes de escribir, el niño no tiene ni la menor idea; entre los 3 y los 5 años aborda el dominio de los instrumentos necesarios para la escritura (pluma, lápiz, papel, etc.) al mismo tiempo que la formación de las letras y de los demás símbolos de la escritura; entre los 7 y los 10 años, el niño sabe escribir, aunque sin gran habilidad; una de las primeras cosas que le han enseñado a escribir es su nombre, con el cual marca los objetos de su pertenencia (cuadernos, libros, etc.); entre los 10 y los 13 años, el niño va formando progresivamente conciencia de su individualidad y domina el arte de escribir: y en este momento comienza a gestarse también su firma propia.»

Puede reconocerse cierta individuación gráfica antes de adquirir la habilidad grafoescritural, percibiendo ya en los tempranos dibujos del niño cierto nivel de personalidad que nos permitiría diferenciarlos de dos niños diferentes.

A costa de la práctica, los movimientos necesarios para imprimir la escritura en el papel se van automatizando y adquiriendo dinamismo, lo que se traduce en formas personales, nuevas soluciones de enlaces entre letras que se encuentran al margen de lo establecido por el modelo aprendido, nuevas configuraciones del espacio…

A base de practicar el movimiento grafoescritural, el individuo obtendrá un grado de automatismo individualizado, con el cual irá cada vez tomando menos recursos conscientes, que podrá emplear para otras funciones, ejecutando movimientos inconscientes y, por ello, automatizados.

Debido precisamente a la individualidad del automatismo, o dicho de otra manera, cada individuo generará un grado de automatismo propio y diferente al de los demás, obtenemos como resultado la individualidad gráfica. La grafía de cada individuo le es propia y diferente a la de los demás.

A ello se unen otros parámetros que individualizan aún más la escritura. El nivel cultural y la destreza del individuo, por ejemplo, en la grafía producirán mayor diferenciación y más riqueza interpretativa, tanto desde el campo que nos ocupa -la pericia caligráfica- como desde la grafología.

Bien es cierto que, en este último, la interpretación de una escritura de bajo nivel cultural habrá de ser tomada con mayor sensibilidad y delicadeza, por cuanto no siempre podrá ser valorada debido a la falta organizativa del texto a estudiar.

Así mismo, a lo largo de nuestra evolución como seres humanos, nuestra escritura también evolucionará junto a nuestra personalidad. Evidentemente, la evolución grafoescritural no se produce de la noche a la mañana y, por supuesto, tampoco son cambios voluntarios, aun cuando pueda ocurrir que nos guste una determinada forma estética escritural e intentemos imitarla; el esfuerzo consciente será tal que se terminará por desistir o por producir una formación diferente y, por supuesto propia, del cambio gráfico que queríamos realizar.

Otros aspectos que determinarán la individualización de la escritura y que se habrán de tener en cuenta son:

  • La articulación de nuestra muñeca, así como el nivel tensional de nuestra musculatura de todo el brazo, posición del codo y hombro, etc.
  • La forma en que se coja el útil escritural así como la pinza que se genere al producir la escritura. La diferente inclinación que torne el útil sobre el papel, afectará, entre otras cosas, a la tensión del trazo, su profundidad o presión, su velocidad, etc.
  • El útil escritural que se emplee. Cada tinta existente en el mercado produce variaciones en un mismo escribiente. No es lo mismo la tinta viscosa de un bolígrafo que la tinta acuosa de una pluma o incluso la tinta acuosa-líquida de un roller-ball.
  • La posición que demos al soporte en que realicemos la escritura. Las inclinaciones de la escritura, la presión, incluso la velocidad variarán en una escritura donde el soporte (normalmente papel) esté en posición vertical respecto al escribiente que en posición inclinada.
  • La firmeza, rugosidad y material en que se disponga el soporte escritural (una mesa de cristal no producirá una escritura igual de firme que una mesa de madera, así como si la madera es lisa y sin desgaste a que esté desgastada, rugosa, etc.). de igual forma, no será lo mismo escribir sobre un único folio de papel que sobre varios.
  • La condición de diestro o zurdo. Aun cuando no existen unas características específicas para definir con claridad la condición escritural de un zurdo o de un diestro, si se dan tendencias individuales que pueden permitir definir tal condición. Todo ello unido a la diferente posición y sujeción del útil, del soporte, etc.