Continuando con el análisis de las leyes de Solange Pellat, exponemos la segunda ley de Solange Pellat, conocida también como Ley de la acción del YO. El propio Solange añade:
«Se trata de un fenómeno que se muestra continuo en las personas normales, las que tienen consciencia de que escriben. Desaparece en los dementes que trazan una serie de palabras a la manera de los autómatas. Tiene consecuencias que explican las conclusiones formuladas desde hace tiempo por los grafólogos sin saberlo.»
Jean Gayet, en relación a esta ley, viene a decir:
«…el perito calígrafo debe concentrar su atención en los finales, donde el automatismo de los movimientos es mucho más sensible (en cambio, el comienzo de las palabras delata el esfuerzo de disimulo o de imitación).
Se podría incluso añadir que las palabras complicadas requieren por parte del redactor un esfuerzo especial y muestran una escritura menos fácil y menos espontánea que las de uso corriente, tales como “o”, “y”, “yo”, “que”, “señor”, etc. Además, es bien sabido que, en los casos de imitación o de disfraz, la obra del falsificador es claramente mejor en las primeras líneas del texto pues, al final, interviene la fatiga y la pérdida de la atención favorece el retorno de los automatismos.»
En la pericia caligráfica, esta ley resulta ser un principio esencial. La escritura, en el sentido establecido por dicha ley, puede ser consciente, en un principio, con intención de ocultar la grafía, por ejemplo, pero, por múltiples factores, incluido el cansancio ya dicho por Gayet, termina por hacerse inconsciente, exponiendo y dejando ver todos los automatismos propios de la escritura de un adulto.
Es fundamental que el perito calígrafo entienda este concepto, con especial atención al momento de obtener muestras indubitadas de la escritura de un posible autor (cuerpos de escritura híbridos –tanto manuscritos como realizados en tabletas digitalizadoras de la escritura-, firmas notariales, firmas del DNI o pasaporte, etc.).
En resumen, inicialmente, un escribiente puede realizar un esfuerzo consciente por ocultar su grafía, pero llegará un punto en que el inconsciente empezará a empobrecer los mandatos conscientes de imitar un trazo de una firma o escritura a falsificar y cometerá el error de plasmar sus propias características estructurales gráficas, sin hacerse consciente de ello. La escritura se tornará espontánea.
Este principio, por tanto, es esencial a la hora de tratar las posibles automodificaciones o autofalsificaciones.
Tercera ley de la escritura de Edmond Solange Pellat
De la tercera ley de Solange Pellat, también conocida como ley de la marca del esfuerzo, continúa su desarrollo exponiendo lo siguiente:
«La marca del esfuerzo para obtener un cambio –parada brusca, gancho, estrechamiento, brisado, desviación, etc.- se puede confundir para la vista con una distracción, una ligera interrupción de redacción o una inseguridad en la mente, pero se encuentra siempre en el momento que existe una intervención momentánea de la voluntad. Los escritores talentosos pueden, con la práctica, llegar a hacer de forma corriente una escritura artificial, pero solo dentro de ciertos límites y lo natural eliminado siempre tiende a reaparecer.»
Jean Gayet, en su manual de la policía científica, editado por primera vez en 1962, dice de esta ley:
«Esta ley constituye el fundamento mismo de la peritación. El malhechor que quiere disfrazar su escritura y hacerla imposible de reconocer logra, efectivamente, una caligrafía totalmente distinta de la que emplea de ordinario. Pero el aspecto mismo de la obra lograda delata el esfuerzo.
El perito aprecia fácilmente la sinceridad de un escrito, e incluso sabe distinguir las porciones disfrazadas de las que no lo han sido. La tarea del delincuente es todavía más ardua si tiene que imitar la escritura de una tercera persona: necesariamente se produce un conflicto entre sus propios automatismos y los que quiere lograr.
El falsificador se encuentra ante el dilema siguiente: o copiar servilmente un modelo -y entonces su caligrafía delata la falsificación por los defectos del trazo, las interrupciones de la pluma, las continuaciones anormales, los temblores debidos a la lentitud y a la vacilación de la mano- o bien, para evitar este escollo, dar rienda suelta a su impulso: la calidad del trazo mejora, pero la escritura se aparta del modelo y no dejan de producirse diferencias en la forma o la construcción de las letras e incluso en el aspecto general del texto.
La caligrafía parece entonces más sincera, pero se parece menos y no puede confundirse con la de la “víctima”.
El falsificador consigue, a base de entrenamiento, modificar una parte de sus reflejos y obtener una segunda escritura claramente distinta de la suya habitual, pero no logra deshacerse de algunas particularidades, y otras reaparecen esporádicamente -sobre todo cuando afloja su atención- y permiten la identificación del escrito.»
De lo leído, se puede entender de esta ley con más profundidad, una continuación y ampliación de la segunda ley ya comentada: el esfuerzo por mantener la escritura consciente a la vez que se intenta inhabilitar al inconsciente a la hora de falsificar una escritura, produce el mismo resultado final. El deseo de disfrazar la propia grafía con intención de ocultarla, muestra a un individuo que genera un componente escritural muy diferente al suyo habitual, aun cuando con múltiples aspectos y habitualismos gráficos que le delatarán. De ahí el axioma:
“El automodificador (o autofalsificador) modifica, el falsificador imita”.
En un último artículo complementaremos el análisis de las leyes de la escritura. Puede seguir lenyendo aquí: Cuarta ley de la escritura de Edmond Solange Pellat.
